La crisis en Cuba ha emergido como un eje central en la política exterior del gobierno de Claudia Sheinbaum, desatando no solo una intensa respuesta diplomática sino también un profundo debate interno dentro del partido oficialista Morena. Desde que Estados Unidos incrementó su presión económica sobre la isla, la presidenta mexicana ha redoblado sus declaraciones públicas denunciando lo que califica como un “estrangulamiento económico” impulsado por Donald Trump, al tiempo que reafirma el compromiso de México con La Habana.
Un apoyo que trasciende lo diplomático
Este respaldo no se limita a las ruedas de prensa matutinas. Figuras clave del morenismo, como la presidenta del partido Luisa Alcalde y la secretaria general Carolina Rangel, han visitado la embajada cubana en México para expresar solidaridad, en un gesto que fue reconocido públicamente por las autoridades isleñas. Incluso el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, incluyó a Morena en sus agradecimientos durante un discurso reciente, evidenciando la estrecha relación entre ambos gobiernos.
Fuentes cercanas a la Presidencia admiten que “hay un afecto y una solidaridad histórica con el pueblo cubano” que supera las tensiones internas del partido, donde sectores de la izquierda ortodoxa han adoptado la causa cubana como bandera ideológica. Esta postura ha generado presión para profundizar los lazos bilaterles, a pesar de las complicaciones derivadas de las sanciones estadounidenses.
Ayuda humanitaria bajo tensión internacional
En una acción concreta, dos buques de la Armada mexicana zarparon desde Veracruz transportando 814 toneladas de víveres hacia Cuba, en un esfuerzo por mantener viva la cooperación sin violar las restricciones impuestas por Washington. Este envío ocurre en un contexto crítico: desde diciembre, Cuba no recibe cargamentos de combustible, y con Venezuela fuera del circuito, México es uno de sus últimos aliados estratégicos.
El año pasado, México se convirtió en el principal proveedor de petróleo de la isla, pero las nuevas sanciones de Trump —que declaró “emergencia nacional” sobre Cuba a finales de enero— paralizaron temporalmente los envíos. Desde entonces, el gobierno de Sheinbaum ha insistido en que buscará “la solidaridad con el pueblo cubano sin poner en riesgo a México“, priorizando el discurso humanitario mientras negocia en secreto la reapertura de los canales energéticos.
Una estrategia heredada de la política exterior tradicional
La postura actual de Sheinbaum encaja dentro de una larga tradición diplomática mexicana que defiende la no intervención y el respeto a la soberanía, principios forjados desde la Revolución Mexicana como mecanismo de autodefensa frente a la influencia estadounidense. Esta lógica permitió incluso al PRI, durante la Guerra Fría, apoyar a la Cuba castrista sin romper con Washington, en un equilibrio que hoy parece repetirse.
Andrés Manuel López Obrador reactivó esta dinámica en 2022 al viajar a La Habana y recibir la Orden José Martí, máxima distinción cubana para extranjeros. Desde entonces, se intensificaron los intercambios: petróleo mexicano a cambio de servicios médicos cubanos. Sheinbaum ha mantenido este acuerdo, a pesar de la nueva escalada de tensión, y con la isla ubicada a solo 200 kilómetros de las costas de Yucatán.
La misma prudencia ha marcado su respuesta a otros conflictos regionales: condenó la operación militar que derrocó a Nicolás Maduro en enero, pidió una intervención de la ONU para evitar un “derramamiento de sangre” y ha evitado pronunciarse sobre el Nobel de la Paz a María Corina Machado o sobre la polémica reelección del chavismo. Tampoco reaccionó con fuerza ante los ataques de Trump al presidente colombiano Gustavo Petro, aliado regional de México.
Entre la ideología y la realpolitik
Así, el gobierno de Sheinbaum navega entre una retórica de solidaridad ideológica y una estrategia pragmática que busca no agravar las relaciones con Estados Unidos, especialmente cuando Trump ha señalado a México como objetivo prioritario. La crisis cubana, lejos de ser un tema marginal, se ha convertido en un termómetro de la política exterior mexicana, donde cada declaración y cada buque que zarpa desde Veracruz lleva implícito un cálculo político, diplomático e ideológico.